Hace algunos años, a mitad del 2017 para ser exactos, estaba a punto de comenzar una de las experiencias más hermosas, pero también más angustiantes de mi vida. Me iba de viaje a Madrid a hacer un diplomado de interpretación ante la cámara, yo soy actriz así que se podrán imaginar lo emocionada que estaba por irme del país a estudiar algo que tanto amo.

En ese entonces pensaba que estaba en uno de los momentos más tranquilos de mi vida, emocionalmente hablando. Maria José de 27 años, pesando 64 kilos. 64 kilos a los que llegué luego de recuperarme de una crisis de fibromialgia en la que durante más o menos un mes se me fue el apetito, no me entraba la comida y por enfermedad rebajé de 8 a 10 kilos, “algo bueno salió de estar enferma” recuerdo haber dicho con una sonrisa en la cara. Así que muy tranquila y con mis 64 kilos, me fui para Madrid llena de expectativas, no tenía ni idea de lo que se venía. Una vez llegué, al cabo de dos meses me había engordado 7 kilos, yo no entendía que estaba pasando, no estaba comiendo de una manera extravagante pues con eso de haber empezado dietas desde los 14 años, sé exactamente que puedo comer y que no, que cantidades y cuántas veces al día. Así que allá tuve mucho cuidado con eso y aun así en cuestión de semanas, la ropa ya no me servía o me quedaba muy apretada, no quería salir, no disfrutaba del todo mis clases pues lo que miraba en la cámara no era mi interpretación, sino mi físico y odiaba lo que veía; mirarme al espejo no era una opción, pasé unos 8 meses sin pararme frente a uno. Mis días se convirtieron en pensar 24/7 en mi peso, en la alimentación, pero sobre todo en sentir culpa. Sentía culpa por comerme un dulce, por tomarme un vino, por comer una harina de más, por repetir algo; sentía culpa porque, aunque no entendía como me había engordado tanto en tan poco tiempo, seguramente era mi responsabilidad, así que lo que tenía que ser una experiencia maravillosa, se me convirtió en un infierno del cual yo no veía la hora de escapar.

Al regresar a Colombia, entendí que mi subida de peso había sido por que había cambiado las pastillas anticonceptivas y esas no eran las más adecuadas para mí. NO FUE MI CULPA. Inmediatamente volví a mis pastillas de siempre y comencé otra dieta, fácilmente empecé a rebajar y mi felicidad iba aumentando con cada kilo que iba desapareciendo. Llegué a 63 kilos y volví a sentir esa paz emocional que había perdido los últimos meses, pero como ya muy bien lo sabemos, o así espero que sea, esto de las dietas es un círculo vicioso. A principios del 2019 llegó la pandemia y sin darme cuenta, con ella comencé a sentir mucha ansiedad. Me estaba alimentando muy mal y nuevamente el número en la báscula empezó a subir, sentía como mi mayor miedo se iba apoderando de mí y toqué fondo. El desgaste físico, mental y emocional en el que me encontraba era insoportable y comencé a pensar que todo era muy injusto, era injusto vivir bajo esos pensamientos, era injusto vivir una vida donde todo giraba en torno a como se veía mi cuerpo. Yo sabía que no estaba bien, que quería pensar diferente, que quería amarme de una vez por todas y que mi cuerpo no tenía por qué seguir soportando tantos maltratos de mi parte. Pero también sabía que yo no tenía las herramientas suficientes para sacarme de ese estado. Así que pedí ayuda.

 

 

Hoy, en el 2022, llevo 2 años en terapia y sí considero que soy una Maria José nueva. No vengo aquí a contarles esto para decirles que todo está perfecto, que todo es color de rosa, que me amo 100% y nunca volví a tener pensamientos como los de ese entonces. No. Quise contarles esto, por un lado, porque creo que es bastante liberador y por otro porque sé que hay muchas más personas en este mundo que se sienten así o en algún momento se han sentido así y me gustaría que entiendan que odiar nuestro cuerpo es una herencia que nos ha dejado la sociedad, a todos de manera diferente, pero siempre se nos ha hecho creer que la belleza es el éxito, que debemos vernos de cierta manera para encajar y ser aceptados. No nacimos odiándonos, lo aprendimos. Pero lo positivo de esto es que siempre estamos a tiempo de desaprender y estamos en todo el derecho de revelarnos contra este mundo que nos ha enseñado a valorarnos por nuestro físico y demostrar que detrás de nuestra piel hay mucho más que un peso, un color o un rasgo en particular.

El mundo está cambiando, las mentes se están abriendo, así que aprovecha para unirte, sé que no es un proceso fácil, pero puedes empezar por agradecer cada día por todas esas cosas que puedes hacer, sentir o experimentar por tener un cuerpo; puedes encontrar actividades, momentos para conectar más con tu ser, descubre que más tienes para ofrecer debajo de esa piel que seguramente, a tu manera única e inigualable, es hermosa. Sé que es un proceso lleno de altibajos, pero también sé, por experiencia propia, que te llena de satisfacción cada instante en el que por fin comienzas a entender que tu valor no te lo de la forma de tu cuerpo, pero sí te lo da tu amabilidad, tu empatía, tus esfuerzos, tus cicatrices, tu inteligencia, tu ser, tu alma, tú.